Copio y pego de mis documentos un escritillo que alguien recordará... espero que os guste...
EL COMIENZO DE MI AFICIÓNA los quince años sueles plantearte la vida de otra manera. La prudencia (¿eso que es?) brilla por su ausencia en una etapa de la vida en la que las protagonistas son las hormonas, las páginas centrales de la revista Playboy y aficiones esporádicas que vas adquiriendo a medida que tu intelecto va interpretando los estímulos externos de forma adecuada (esta frase es fiel reflejo de mi fastuosa virtud para crear errores, desgranarlos y arreglarlos, que quede claro, de psicólogo nada, de especialista en ‘vamos a ver cómo arreglamos esto…’ lo que queráis).
Y eso fue más o menos lo que pasó un feliz sábado de finales de agosto por allá en el 87 a eso de las seis de la tarde, una tarde magnífica, la verdad, soleada, con algún cumulete perdido aquí y allá, cielo azul brillante, el bosque como una esmeralda… la majestuosidad de los veranos de montaña se presenta en todo su esplendor hacia el final de la tarde, cuando las últimas luces del día salpican de color naranja todos los rincones de la tierra que te rodea, dándote inspiración y melancolía, con un regusto amargo y una pequeña angustia al saber que la estación está llegando a su fin, que pronto vendrá la rutina y ese fenómeno se terminará para dar paso a otro clima, a otros colores, a otra vida...
Sumido en esos pensamientos estaba cuando me percaté de una profunda negror viniendo del noreste, con una rapidez que me dejó pasmado. Ni corto ni perezoso, quitándome de encima la somnolencia del sol de la tarde, me dispuse a coger
‘el hierro’ y acercarme lo máximo posible a la belleza que se me acercaba rápida y enorme. Oí a mi abuela que decía que iba a llover, que no cogiera la moto. ¡Coño, claro que va a llover, vaya pregunta! Precisamente eso era lo que buscaba: un buen chaparrón, una tormenta digna de apreciar en todas sus formas, el descalabro total del raciocinio… ¡A la mierda la prudencia, venga, arriba, al monte como las cabras! Dicho y hecho, cogí el
hierro, le quité la ‘U’ y raudo salí dirección Cervelló, por el camino de carro, tal como lo llamábamos. Otro adjetivo era la ‘
Cruz Roja’, en honor a un puesto que hacía muchos años había estado por allí. O ‘
Les Caballerisses’, porque también habían dado cobijo a los caballos de los viajantes en sus rutas del Baix Llobregat de los siglos XVII y posteriores, como puestos estratégicos. Me daba un nosequé en el estómago cada vez que pensaba en toda la historia que había en cada piedra al lado de mi casa.
Como ya habréis podido adivinar,
‘el hierro’ era mi moto, una ‘DR-Big 50 cc.’, un pedazo de máquina, casi tan dura como mi cabeza y fuerte y grande como mi… bien, muy fuerte y grande. Mis amigos la habían apodado
‘el hierro’ a raíz de un desmontaje y petroleado en mitad de la calzada una de esas otras tardes de verano. Parecía desnuda, la pobre, sin su carenado (tenía más carenado que una 600, estoy seguro), sin su depósito, su asiento… en fin, en pelotas la dejé, hasta tenía el carburador quitado para limpiarlo, un fantástico 16 ‘De l’Orto’ que me permitía alcanzar desarrollos increíbles para mi corta experiencia motera. O posibilidades moteras, mejor dicho. ¿Qué, cómo va el hierro? Bien, coño, bien, zumbando como siempre…
¡GRRRUMMMM, GRRRUUUUUUMMMMMM! Ruidaco que metía, el bicho, con su tubo
‘Kit Yasuni’.
Total, zumbando y volando me dirigí al lugar más cercano que me pudiera dar una buena vista del mejor acontecimiento semanal. Cuando llegué eran casi las siete. Estaba en un lugar situado entre la última Urbanización de Cervelló (tristemente famosa por su gran incendio de los ochenta donde se llegaron a quemar algunas casas) y El Mirador, en un recobeco en medio de un pinar que ofrece una vista preciosa de todo el valle que comporta Vallirana, desde
‘Elgorriaga’ hasta casi más allá de
‘Les Casetes’, donde una vez conocí a una mujer… bueno eso fue unos años más tarde. Siguiendo por un pequeño sendero serpenteante que baja a un pequeño montículo natural me dirigí a un asiento formado por una roca calcárea y arcillosa de gran tamaño que algún gigante debió poner ahí y me senté, esperando los acontecimientos.
Dicho y hecho…
¡BRRRROOOOUUUUUUUUMMMMMMMMMnnnnnnngmmmmGGRRRAAAAANNNNG! ¡Toma trueno! El caso es que, absorto en tomar posiciones no vi el rayo y me pegué tal susto que casi me caigo barranco abajo. Hubiera sido otra muesca en mi currículum de hostias y batacazos. La luz casi ni siquiera asomaba tímidamente por los lados de mi visión; encima de mi abundante cabellera (aunque no os lo creáis, disfruté muchos años de una buena y abundante melena bajo mi condición de
‘heavy hasta la muerte’) la zona más baja del enorme
cumulonimbus (
Capillatus diría yo aunque en ese momento no lo sabía) ofrecía un aspecto verdaderamente sobrecogedor, casi de un color de ultratumba. Los gases se movían, inquietos, formando y reformado su panza, amenazantes, oscuros y densos como el oro negro. Sin dejar de cerrar la boca vi el rayo y esperé impaciente… uno… dos….
¡BAATTAAAAMMM! Otro más, cerca, fuerte, retumbante. Gotas gruesas empezaron a caer y fue en ese momento cuando me pregunté qué narices hacía yo allí y por qué no estaba en casa de alguien jugando al ordenador o viendo revistas, coño. Mientras me levantaba para ir a buscar al hierro fue cuando empezó el festival. ¿Festival? Más bien todo un concierto
Pink Floyd y
Rolling Stones juntos tocando a dúo alguna pieza contundente.
¿Alguien ha sentido alguna vez el granizo llevando casco? ¿No? ¿Sí? Bueno, puedo corroborar que, si hasta ese momento sabía lo que era, aquel día descubrí sus golpeantes efectos en mi propia piel. Todo el mundo sabe que, a más velocidad, más sensación de lluvia hay. Y si es granizo, no te cuento nada. La cuestión es el vehículo que lleves en ese momento, por supuesto. El hierro no era lo mejor para bajar a casa con lo que empezaba a caer.
¡CLECLECLECLEC..CLOCLOC..CLAC..CLACLOC..CLECLEC..! Cientos.. ¡No! ¡Miles de piedras heladas, perfectas, duras y veloces pegando en la excelente fibra de carbono del casco! El acojone fue subiendo poco a poco de intensidad mientras las ruedas pugnaban por deslizarse entre las rocas del camino y la piedra que iba formando una buena capa de un centímetro. Más o menos, os aseguro que no me puse a medir el tema entonces. Ahora entendía cuando mi abuelo entornaba los ojos cuando conducía con lluvia; él lo exageraba un poco, pero en ese momento hubiera deseado tener un poco más de visibilidad, más que nada por el pedazo de roca al que me dirigía y no podía ver.
Otra muesca, lo habéis adivinado. No fue muy fuerte, un par de rasguños y unos cuantos
mierda, coño, joder y mecagüenlaputadeoros pero poca cosa más. Entre trueno y trueno, miles de piedras y un panorama blanco y, por qué no, bellísimo, cogí a
‘big’, le enderecé como pude la rueda delantera con ayuda de la culpable del ‘viaje al centro del camino’ y proseguí la marcha. El espectáculo era asombroso y, a la vez, sobrecogedor, no me cansaré de decirlo. Quizás me marcó más esa violencia natural, esa brutalidad pasmosa de los elementos, desencadenando toda esa energía que el fenómeno meteorológico en sí. La oscuridad a las siete de la tarde impacta los sentidos, pero la iluminación producida por docenas de relámpagos y rayos aquí y allá acojona, os lo aseguro; sobretodo por las historias de pastores carbonizados que había oído y no me creía demasiado. Estaba empezando a imaginarme atravesado por un hierro y frito hasta la médula en la cocina de un caníval. Deseché la idea, por estúpida y fuera de lugar, y proseguí otra vez, colina abajo, camino adelante.
¡CLECLECLECLOCLACLACLOCLANCLANC! Ese es mi hierro sí señor, aguantaba bien y eso me animó. Otra cosa no podía hacer, claro.
Finalmente conseguí llegar, como un pato, mojado hasta el culo, calado hasta los huesos, golpeado hasta el alma a mi hogar, dulce hogar. Sólo llegó a abollarse mi corazón, por el susto sufrido, y algún que otro morado en los brazos, piernas y hombros demostró, en días posteriores, mi peligrosa experiencia delante de mis amistades; qué macho, qué fuerte, oh que peligro que pasaste… engordé unos cuantos quilos, qué os he de decir, pero ni aun así conseguí a Rosa… bueno esa también es otra historia.
Moraleja: el granizo es muy bonito dentro del coche o de un buen piso. En moto no es lo más aconsejable. De aquella experiencia deduje que la imprudencia podría haberme jugado una mala pasada. No fue así, todo salió bien, un par de magulladuras y poca cosa más, pero podría haber sido mucho peor, vosotros lo sabéis.
Pero qué os he de decir… ¿Verdad?

Salut, amigos!